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214 mujeres y niñas liberadas de Boko Haram están embarazadas

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Lami Musa, una de las víctimas rescatadas con su bebé. / S. Alamba (AP) | REUTERS-LIVE!

  • “Me convirtieron en un objeto sexual”, denuncia una de las víctimas rescatadas

José Naranjo Dakar 4 MAY 2015 - 20:10 CEST

Al menos 214 mujeres y niñas, de entre el millar de rehenes que han sido rescatados de las manos de Boko Haram en el noreste de Nigeria en los últimos días, están embarazadas, según ha asegurado a los medios de comunicación el doctor Babatunde Osotimehin, director ejecutivo del Fondo de Población de Naciones Unidas. “Algunas están visiblemente embarazadas y otras han dado positivo en las pruebas”, añadió el alto funcionario, quien también reveló que la mayoría de ellas requieren de atención médica y psicológica urgente y especializada pues han estado sometidas a un enorme estrés.

“Me convirtieron en un objeto sexual. Hacían turnos para acostarse conmigo. Ahora estoy embarazada y no sé quién es el padre”. Asabe Aliyu, de 23 años, es una de estas mujeres y contaba así al periódico nigeriano Daily Times cómo había sido su cautiverio de seis meses. Violadas, casadas a la fuerza, obligadas a combatir, sus maridos o padres asesinados delante de ellas. Sus relatos, que van llegando a cuentagotas, reflejan toda la violencia ejercida contra ellas por el grupo terrorista más sanguinario de África. Estas mujeres y niños, liberadas la pasada semana en tres operaciones militares en el bosque de Sambisa, estado de Borno, y este domingo en un último rescate en el municipio de Madagali, se encuentran en la actualidad en distintos campos de desplazados de la región noreste, la mayoría en Yola (Adamawa), a donde llegaron este fin de semana tras varios días de viaje en camionetas habilitadas por el Ejército.

Asabe Umaru relató a la prensa: “Cada día moría alguna de nosotras y sólo esperábamos que llegara nuestro turno. No nos permitían movernos ni un centímetro, incluso para ir al servicio nos acompañaban”. Por su parte, Cecilia Abel dijo que le "daban harina de maíz por las tardes para comer. Muchos de los capturados murieron en el bosque de Sambisa”. El propio rescate tampoco fue fácil. Las mujeres se refugiaron bajo los árboles cuando los soldados nigerianos llegaron, pero los terroristas trataron de obligarlas a acompañarles en su huida. “Cuando nos negamos, empezaron a apedrearnos. Pegué a mi bebé contra mi estómago para protegerlo y me encogí. Algunas murieron por las piedras”, aseguró Lami Musa, de 27 años.

Musa también reveló que algunas de ellas tuvieron que asistir a cómo los miembros de Boko Haram asesinaban a sus maridos o padres delante de ellas. “Secuestraron a toda mi familia y mataron a mi marido en el bosque de Kilkasa cuando yo estaba embarazada de cuatro meses. Luego, en el bosque de Sambisa, dormíamos al raso. Me dijeron que cuando alumbrara al bebé me casarían con uno de sus comandantes. Pasaban días sin que nos dieran comida ni agua, hasta que hace tres días, la noche antes de ser liberada, di a luz a la niña”, explicó a la BBC.

Un reciente informe de Amnistía Internacional reveló que unas 2.000 mujeres y niñas han sido secuestradas por Boko Haram en el útimo año, usadas por los terroristas como esclavas sexuales, cocineras, obligadas a casarse con los combatientes o bien vendidas para matrimonios forzosos. Incluso algunas de ellas fueron forzadas a combatir. Aún no hay noticias de las 219 niñas escolares de Chibok que fueron secuestradas en abril de 2014.

Naciones Unidas y el Gobierno nigeriano, que ya ha abierto un nuevo campo para acoger a las mujeres y niños recientemente liberados, están trabajando ya en un programa específico para “ayudarlas a superar el trauma psicosocial que han vivido antes de reintegrarlas de nuevo en la sociedad”, dijo Osotimehin. “Algunas de estas mujeres han estado sometidas a un enorme estrés y han sufrido mucho. Tenemos que trabajar con ellas una a una. Muestran muchos signos de estar traumatizadas”.

FUENTE: El País. 

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"Los violadores de Haití no duermen" acechan a sus victimas en los campamentos

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PUERTO PRINCIPE, Capital de la República de Haití, UNA ½ ISLA EN EL CARIBE, País Invasor de su vecino, con la tolerancia de los gobiernos Dominicanos y el visto bueno de Canadá, USA y la UE, plan de unificarla en el 2020 - Enero 2011 (PID).- Guerline tiene la certeza de que fueron cuatro hombres los que violaron a su hija de 13 años, a las dos de la madrugada de un martes de marzo de 2010. Aunque tenía los ojos vendados y ellos llevaban capucha, lo sabe porque esa noche los pandilleros la violaron a ella también. Ocurrió en el campamento de damnificados de Place Mausolée en Puerto Príncipe, justo a lado de las ruinas del antiguo Tribunal de Justicia.

Ocurre cada noche, en los 1.199 campamentos que albergan a más de un millón de personas afectadas por el terremoto en la capital y en el sur de Haití, según reveló ayer un informe de Amnistía Internacional (AI). "Los bandidos y los violadores no duermen", dice Guerline.

La violencia sexual ya era un problema antes del terremoto que asoló Haití el 12 de enero de 2010, señala el informe de AI, pero la tragedia "destrozó los pocos mecanismos de protección que existían". Desde entonces, las violaciones se han multiplicado exponencialmente.

Solo en los primeros 150 días siguientes al terremoto, la Comisión de Mujeres Víctimas por las Víctimas (Kofaviv, en sus siglas en francés) registró más de 250 casos de violación; la mayoría de ellos afectaban a niñas. Pero organizaciones como esta, que trabajan sobre el terreno, saben que los casos de los que se tiene constancia son apenas una mínima parte del número real.

Para los agresores es tan fácil como rasgar las tiendas de campaña con una navaja, y abusar de las mujeres allí o llevarlas a un lugar apartado del mismo campamento. Ellos suelen ir en grupos y armados también con pistolas.
¿Quién puede detenerlos? La Policía Nacional de Haití, y el personal militar y la policía de Naciones Unidas (UNPOL) solo tienen presencia permanente en siete campamentos de los cientos que existen en cada plaza de Puerto Príncipe. En el resto de la capital haitiana, ni la policía ni los cascos azules que patrullan día y noche por las calles suelen siquiera entrar en ellos.

La mayoría de las mujeres no denuncia la agresión. Como Suzie, asaltada junto a una amiga y frente a sus dos hijos entre las tiendas de la Plaza Dessalines de los Campos de Marte, donde vive desde que el terremoto acabó con su casa, con sus padres, con sus hermanos y con su esposo. "Cuando se fueron (los violadores) no hice nada. No tuve ninguna reacción. Las víctimas de violación deben ir al hospital, pero yo no fui porque no tenía dinero. No sé dónde hay una clínica que ofrezca tratamiento médico para las víctimas de violencia sexual", contó Suzie a los activistas de AI.

Entre marzo y junio de 2010, miembros de AI entrevistaron a 50 mujeres y niñas como Suzie, que viven en los campamentos improvisados de Puerto Príncipe, Jacmel y Las Cahobas. Suzie no supo hasta ese día que en el Hospital General de Puerto Príncipe, que está a quince minutos andando desde la plaza donde fue violada, funciona un programa gubernamental que ofrece servicios médicos a víctimas como ella.

La impunidad que domina el aparato de justicia tampoco invita a las mujeres a denunciar a sus agresores. Un informe elaborado en junio pasado por el Grupo de Trabajo sobre Cuestiones de Protección, dirigido y coordinado por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, indicaba:


"En el momento de la investigación (junio 2010) no se había detenido a ningún perpetrador (...) La capacidad de respuesta caso a caso es limitada, y pone de manifiesto la ausencia de un mecanismo sistemático para combatir los casos de violencia sexual y de género".


Uno de los problemas no resueltos, por ejemplo, es la reubicación de las víctimas para evitar que vuelvan a sufrir estas agresiones. Como no hay sitio adonde llevarlas, ha ocurrido en algunos casos que, después de atreverse a hacer la denuncia, vuelven a sus refugios y de nuevo las alcanzan los mismos u otros violadores.

La tasa de embarazos en Puerto Príncipe también ha aumentado de 4% a 12% en el último año, según cifras de la Organización Mundial de la Salud. Muchos de ellos son consecuencia de la violencia sexual. Hay un par de factores, sin embargo, que distorsiona las cifras reales.

En Haití, el embarazo adolescente no existe porque las mujeres son mujeres a los 12 años, y si una niña de esa edad se embaraza, la familia no suele investigar ni denunciar si detrás de su preñez hay una violación. Por otra parte, apenas desde 2005 comenzó a ser delito la violación intrafamiliar.

Si bien Amnistía Internacional menciona en su informe que la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah) y las diversas agencias de la ONU han ayudado al Gobierno de René Preval a enfrentar el problema, señala también que "no se están tomando suficientes medidas para garantizar la protección de las mujeres y las niñas en la inmensa mayoría de los campamentos".

Las agencias hacen sus aportes, pero insisten en que no tienen capacidad de sustituir al Estado.

Durante 2010, el Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA, en sus siglas en inglés) instaló un total de 75 lámparas solares en las letrinas y en los depósitos de agua de algunos campamentos para contribuir a la seguridad. "Las ponemos en postes, bien altas, para que no las roben", explicó al diario español EL PAÍS un funcionario.

“La violencia sexual en las guerras sigue siendo un tabú”

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“No es el violador el que vive el rechazo, es a la mujer a la que se la señala con el dedo”

“En La Haya, la violación se trata como un delito de segundo rango”

“Si al mundo le importaran las violaciones, el Congo hubiera sido el lugar perfecto para demostrarlo”

“La violencia no acaba de la noche a la mañana porque alguien diga ‘se terminó la guerra’”, asegura Monika Hauser. Y la guerra desata una violencia que afecta especialmente a las mujeres.

Esto vale para la República Democrática del Congo, donde desde mediados de los años 90 se cuentan alrededor de 200.000 violaciones, y la cifra continúa al alza; para Ruanda, donde se calcula que el conflicto civil dejó un balance de entre 250.000 y 500.000 violaciones; pero también para Alemania, donde las agresiones sexuales cometidas por soldados (aliados, soviéticos o alemanes) siguen siendo uno de los capítulos por tratar de la II Guerra Mundial.

Monika Hauser (medica mondiale).

Pero empezar, empezó todo con los Balcanes. En 1992 alcanzaban Europa occidental terribles relatos de violaciones masivas en Bosnia. En aquel momento, Hauser trabajaba en un proyecto interdisciplinar que ofrecía asistencia ginecológica y psicológica a mujeres que habían pasado por diversos tipos de experiencias traumáticas. “Estaba totalmente metida en el tema. Y me indignó muchísimo el modo en el que los medios de comunicación presentaron el asunto, dando gran cantidad de detalles y dejando a las mujeres en un segundo plano. Lo importante no eran ellas, sino lo que habían hecho con ellas. Entonces decidí que tenía que ayudar”, recuerda.

Meses después, esta ginecóloga suizo-italiana fundó medica mondiale, una ONG que desarrolla proyectos de apoyo a largo plazo dirigidos a mujeres y niñas víctimas de agresiones sexuales en situaciones bélicas o de crisis.

P. ¿Definiría usted las violaciones como un arma de guerra?

R. Sí, pero no sólo. Las violaciones también se dan en tiempos de paz, y en tiempos de guerra hay que tener cuidado de no reducirlas a una mera cuestión de estrategia bélica, como si en todos los casos fueran parte de un plan esbozado por el gobierno o los cabecillas de una milicia determinada.

Diferenciar es importante: no cabe duda de que las violaciones se utilizan como una táctica más sobre el campo de batalla, pero también hay vecinos, policías, soldados que violan simplemente porque se les ofrece la oportunidad, porque llevan un arma en la mano y porque las normas sociales que podrían evitar que lo hicieran han perdido su valor.

Monika Hauser (izq.) conversa con un comandante bosnio, 1993. (Cornelia Gürtler/ medica mondiale).

P. “Entre 1993 y 2009, el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY) ha acusado a 166 hombres y a una mujer”, puede leerse en uno de sus informes. ¿Es la guerra un asunto de hombres en el que las mujeres sufren especialmente?

R. Sí. Las mujeres viven el terror de la guerra como el resto de los implicados: viven la ocupación y la destrucción de sus pueblos, de sus casas; viven la separación de sus maridos y la muerte de sus hijos. Pero, además, sufren la violencia sexual. Y son al mismo tiempo las responsables de la subsistencia de la familia.

Finalizado el conflicto, y a pesar de que suelen ser las que mayores esfuerzos realizan en la reconstrucción del país, no forman parte, por lo general, de la elite que negocia la paz, con lo cual puede decirse que padecen de manera destacada bajo unos acontecimientos dominados por hombres. Pero también es importante subrayar que las mujeres son fuertes, son actores aunque traten de relegarlas y son capaces de reunir los recursos necesarios para superar gran cantidad de obstáculos.

P. Su organización ha documentado multitud de casos en los que las mujeres víctimas de la violencia sexual son, además, condenadas a la estigmatización y a la vergüenza, y pasado el conflicto ni siquiera reciben reconocimiento político y jurídico…

R. Cierto. Todavía existen tabúes sociales y estos no afectan al violador, sino a la víctima. No es el autor de la violencia el que vive el rechazo, sino que es a la mujer a la que se la señala con el dedo, lo que supone para ella un trauma adicional. El aislamiento se torna a veces insoportable, y aquí nos encontramos con una cuota de suicidios muy alta.

Aparte, está lo que usted señala: la medicina, la Justicia, la política y también los medios, o bien instrumentalizan este tema y recurren a él cuando les conviene, o bien lo silencian y lo ignoran, como está sucediendo ahora mismo en La Haya.

P. Debe ser muy frustrante conseguir que una mujer supere todos sus miedos, dé el paso de ir hasta el TPIY, hable en público de su violación y señale al culpable, y que ese testimonio sea rechazado por algún motivo jurídico-técnico…

R. Sí, es muy amargo. Pero la cosa va más allá: no son pocas las veces en las que el fiscal llega a un trato con el acusado ofreciéndole retirar los cargos por violación. La violación cae una y otra vez víctima del proceso legal y se entiende como una especie de delito de segundo rango del que se puede prescindir.

A la hora de la verdad, muchos prefieren que les acuse de asesinato a que les acuse de violación. Yo eso lo puedo entender, lo que no entiendo es que fiscales internacionales acepten jugar a este juego.

Una mujer afgana frente al Centro de Mediación Jurídica de medica mondiale en Kabul. (Lizette Potgieter/ medica mondiale).

P. Cuando asisten a mujeres en países como Liberia o Afganistán, ¿cómo reacciona la población?

R. Depende del lugar. Pero en Afganistán, por ejemplo, hemos logrado con mucho esfuerzo cierto nivel de aceptación: a veces, son incluso la autoridad tribal del pueblo o el vecino de al lado los que aconsejan a las mujeres que nos visiten. Al mismo tiempo, Afganistán es un país en el que observamos un empeoramiento de la situación. Cada vez son más los fundamentalistas con puestos en el gobierno y en otras instituciones públicas, lo que dificulta considerablemente nuestro trabajo.

P. Y ustedes están presentes también en países como la República Democrática del Congo, en los que hay cascos azules desplazados, ¿son un apoyo?

R. Si no tienen inconveniente alguno en comprarse una niña de 13 o 14 años por 10 dólares, los cascos azules, los soldados de la OTAN y el personal masculino de las organizaciones humanitarias se convierten en parte del problema. Con eso fomentan la prostitución por motivos de pobreza, y las familias ya no mandan a sus hijas a la escuela sino a las puertas de los cuarteles.

La política de “tolerancia cero” dictaminada por Kofi Annan supuso a este respecto un cambio de mentalidad, pero sólo existe sobre el papel: en Sudán, Sierra Leona, Kosovo… estas prácticas continúan.

P. Pero, en teoría, los casos azules podrían servir de protección a las mujeres…

R. Podrían. En junio de 2008, la ONU aprobó la Resolución 1820 [PDF], que incluye la violación entre los crímenes de guerra y le otorga potestad al organismo para intervenir allí donde se den casos. Pero esta Resolución no se ha usado nunca. Y precisamente en el Congo se siguen cometiendo violaciones: si al mundo le importaran, hubiera sido el lugar perfecto para demostrarlo.

Ayudar a las mujeres a largo plazo es el objetivo de medica mondiale. En la foto, una mujer congolesa participa en un curso de alfabetización. (Cornelia Suhan/ medica mondiale).

P. ¿Por qué cree usted que no se interviene?

R. Para responder a eso hay que preguntarse primero por qué se interviene en general, y todos sabemos la decisión está relacionada con la defensa de intereses económicos.

Por otro lado, se trata de un tipo de violencia que sigue siendo un tabú: para el presidente del Congo y para nuestros políticos aquí en Europa. Hace años, por ejemplo, que le pedimos al jefe del Estado alemán y a la canciller que en las fechas conmemorativas recuerden a las mujeres que fueron violadas en Alemania por soldados aliados y soviéticos durante los últimos días de la II Guerra Mundial y después de la capitulación. La respuesta siempre ha sido negativa, ¡y eso en un país desarrollado que asegura colocar la defensa de los derechos humanos por encima de todo!

P. Algunas de las historias que se narran en sus informes son espeluznantes, ¿cómo hace para mantener el equilibro en medio de tanto horror?

R. Es algo que te enseñan los años. Al principio cometes muchos errores. Yo llegué a sufrir un colapso bastante grave y aprendí de una manera muy dolorosa a cuidar de mí misma. Practico hobbies- salgo a correr, toco el saxofón, hago cosas con mi hijo- y no porque sí, sino siendo muy consciente de que son un contrapeso al peso de la violencia, que sin lugar a dudas influye sobre mí.

Defender los derechos de la mujer

“La violencia contra las mujeres me interesó desde siempre. Ya con 12 o 13 años escuchaba las historias que contaba mi abuela surtirolesa y pronto me quedó claro que la violencia forma parte con frecuencia del día a día de las mujeres. Por eso decidí hacerme ginecóloga: no sólo por motivos médicos, sino también para contribuir a defender los derechos de la mujer”, cuenta Monika Hauser [PDF].

Desde su fundación en 1993, medica mondiale ha ido extendiendo su actividad. Hoy está presente en Afganistán [PDF], Israel, Liberia [PDF], Ruanda y la República Democrática del Congo [PDF], además de en Albania, Kosovo y Bosnia. Algunos de sus proyectos se han convertido con el paso del tiempo en entidades independientes, y los hay, como Medica Zenica, el programa original bosnio, que se encuentran en peligro por falta de financiación.

“Durante mi formación y al poco de empezar a trabajar como médica, volví a verme confrontada con el tema de la violencia y ya entonces pude comprobar lo agradecidas que responden las mujeres cuando les ofreces un lugar en el que poder hablar de sus traumas”, dice Hauser. Medica mondiale otorga asistencia sanitaria, psico-social y jurídica a mujeres [PDF], especialmente a aquellas que han sido víctimas de agresiones sexuales, allí donde más sufren y menos posibilidades encuentran de recibir ayuda: en situaciones de guerra o crisis. Paralelamente, la organización trata de concienciar a la opinión pública internacional sobre estos destinos y de cambiar las estructuras que los hacen posibles.

“Apoyar a las mujeres y ayudarlas a que retomen las riendas de su vida es una parte de nuestro trabajo. La otra consiste en luchar contra la jerarquía masculina. Ambas cosas van unidas porque, sin lo segundo, tampoco se daría lo primero”, sostiene Hauser.

Entrega del Premio Nobel Alternativo en Estocolmo, 2008. (Cornelia Suhan/ medica mondiale).

En 1996, el gobierno alemán le concedió a Monika Hauser la Medalla Federal al Mérito, pero ésta la rechazó en señal de protesta ante la decisión de Berlín de iniciar la repatriación de los refugiados bosnios que habían buscado cobijo, huyendo del conflicto en los Balcanes, sobre suelo germano. En 2008, la ginecóloga se encontró entre las ganadoras del Premio Nobel Alternativo, y esta vez sí que acudió a recibir el galardón.