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Las cicatrices de la guerra en los niños colombianos

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Un niño entre los guerrilleros de las FARC en San Vicente del Caguán, en el año 2000. / REUTERS


  • Un estudio revela el desolador panorama de las secuelas que ha dejado el conflicto en la vida de niños y jóvenes

Elizabeth Reyes L. Bogotá 22 DIC 2013 - 22:00 CET


De este tamaño es el impacto emocional sufrido por miles de niños y adolescentes colombianos que han quedado atrapados, directa o indirectamente, en medio de una guerra que ya completa 50 años. Así lo acaba de revelar un estudio que realizó la Organización Internacional para la Migraciones, OIM, Unicef y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, tras entrevistar a más de 1.600 menores de entre 8 y 18 años, de los cuales 960 son víctimas directas del conflicto.

El estudio tiene en cuenta los estragos que ha dejado la guerra en los que han sido desplazados o las profundas cicatrices de quienes han sido víctimas de violencia sexual o a los que una mina les ha amputado las piernas. También están los que han quedado huérfanos o les han desaparecido a un familiar, los secuestrados y, por supuesto, los que fueron reclutados y vivieron en primera fila la guerra.

“La muerte de una amiga me motivó a salir. Ella cometió un delito que no debió. La amarraron y le hicieron un consejo de guerra y como la quería tanto pues no la quería matar y me mandaron fue a mí a pistoliarla. Si yo no la pistoliaba me colocaban donde estaba ella, entonces esa fue la tristeza mía para venirme”, relata uno de los 338 adolescentes reclutados que fueron entrevistados, en su mayoría por las FARC.

Para Clemencia Ramírez, investigadora de la OIM, los niños que han estado en las filas de los armados tienen graves problemas con el juicio moral. “Son niños que están más dados a hablarles a las personas con base en lo que los otros quieres oír”, explica. Esto quiere decir que no son sinceros y les cuesta asumir responsabilidades.

En el caso de los niños que han tenido que dejar sus hogares para escapar de las balas, las secuelas saltan a la vista: son retraídos y ansiosos. “Mi hijo se levanta de noche a hablar de las cosas que pasaron. También me pregunta por qué no hay fotografías ni recuerdos de cuando eran niño”, dice una madre desplazada. Otra cuenta que su hijo convive con el miedo. “Si es pequeño no lo va a entender, pero si es de 10 o 11 años, va a quedar con esa psicosis de que van a volver a entrar a la casa y uno como que se asusta, da pánico”.

Por otra parte, los huérfanos tienen una mayor tendencia a la depresión y a la ansiedad. Pierden hasta la capacidad de sonreír y no les es sencillo relacionarse con sus padres sustitutos. La culpa también los persigue. “Sienten que algo no hicieron para evitar lo que les pasó”, explica la investigadora de la OIM. En el caso de los afectados por minas, sus cicatrices de mutilación saltan a la vista, por lo que son muy solitarios.

Pero si hay un grupo de niños que cargan con todas las secuelas juntas, son los que han sido víctimas de violencia sexual. “Es lo peor que le puede pasar a un niño”, agrega Ramírez. Estos niños tienden a presentar más enfermedades físicas que los demás, tienen problemas para reconocer sus sentimientos y para relacionarse con otros.

En Colombia, desde 1999 el Estado ha atendido a 5.252 niños que formaban parte de grupos armados, pero la cifra real de los que han sido reclutados tanto por las guerrillas como por los paramilitares y las bandas, se desconoce. Esto sin contar con los miles que recibieron el coletazo del conflicto. De ahí que conocer su estado emocional resulte clave para repensar los programas de atención que hoy tiene el Gobierno y más cuando podrían estar por llegar los desmovilizados de las FARC tras un eventual acuerdo de paz. Los investigadores piden que se haga de forma diferenciada, teniendo en cuenta que las secuelas varían según el grado de violencia que sufrieron.

Pero ante tantas cicatrices también hay esperanza. “Diariamente, yo soy una persona que a pesar de los problemas vive feliz”, dice una niña de 11 años que fue reclutada. Para los investigadores esto muestra que a pesar de lo que han pasado, algunos todavía tienen la capacidad de sentir felicidad y “es ahí donde está la posibilidad de la reconciliación”.

Fuente: El País.

El machismo traspasa fronteras en África


Vulnerables, pero fuertes, poderosas, luchadoras, defensoras, inquebrantables, comprometidas, protectoras. Así son millones de mujeres en todo el mundo, responsables para sí mismas y para el entorno que las rodea en conflictos armados o violentos. A la mujer, en caso de guerra, de revueltas, de conflictos, se le ataca desde una doble vertiente: como hembra y persona; como madre e hija; amiga, vecina, compañera, pareja. Como sustento, consuelo, ejemplo. Los conflictos armados modernos reabrieron la veda de la violación sistemática como instrumento de guerra, de castigo generalizado. Violadas, perseguidas, estigmatizadas, las mujeres han experimentado que la crueldad machista no solo reina en muchos domicilios, también en los mapas de conquista, en los campos de batalla, en las firmas de paz, en los medios de comunicación que no consideran noticia el efecto de las guerras en las mujeres... Así queda patente en la mirada que refleja la exposición fotográfica First Ladies: Mujeres en Emergencia, de la organización médico humanitaria Médicos Sin Fronteras (MSF). La muestra, que se inauguró el pasado 20 de enero en la Sala de Exposiciones III de la Obra Social de CaixaGalicia de Vigo, rinde homenaje a las mujeres en situación de emergencia, millones de ellas víctimas de conflictos armados y de la violencia en todo el mundo. Las instantáneas y testimonios que componen la muestra dan cuenta de la extrema vulnerabilidad de la mujer en las emergencias, “pero también de la fuerza con la que aseguran la supervivencia de sus familias cuando las armas desbaratan la sociedad”, explican desde MSF Galicia, matizando que sus colaboradores son testigos en muchas ocasiones de cómo la mujer queda excluida de la atención médica debido a la pobreza, las largas distancias, las costumbres o la debilidad de los sistemas sanitarios. Una falta de acceso que se agrava en las zonas rurales y que tiene un grave impacto en el momento de gestación y parto. De hecho, cada año mueren más de 500.000 mujeres durante el embarazo o a consecuencia de este, en su mayor parte, en los países en desarrollo. Además, las enfermedades de transmisión sexual son cinco veces mayores entre la población femenina que entre la masculina. En el África Subsahariana, el 60% de las personas con sida son mujeres y, en general, el 70% de ellas son víctimas de algún tipo de violencia. La cualidad de la mujer de concebir, en estos casos, es un riesgo en vez de una virtud, y su propia naturaleza la convierte en una persona vulnerable de partida y la expone a infinidad de formas de violencia en el hogar o fuera de él. Esto se agava a causa de todo tipo de conflictos ya que, la violencia sexual, por ejemplo, es una agresión que provoca lesiones de por vida, traumas psicológicos o rechazo familiar y social. “Las mujeres son las primeras en sufrir los efectos de la guerra”, explica la delegada de MSF en Galicia, María Díaz. “Pagan un precio muy alto como víctimas de los grupos armados y como pacientes con necesidades especiales, por ejemplo, si están embarazadas”, añade. La mujer, señala, “es el pilar familiar en las emergencias, asegura la protección de sus hijos, da los primeros cuidados en la enfermedad y asume el refugio”, por eso, resuelve rotunda, “son extremadamente vulnerables, pero al mismo tiempo extraordinariamente fuertes”. TESTIMONIOS EXCEPCIONALES Las historias de First Ladies están recopiladas por tres renombrados fotógrafos holandeses: Pim Ras, en Congo, donde existe guerra abierta; Venus Veldhoen, en el sur de Sudán, con violencia recurrente, y Corbino, en la remota localidad de Kalikot, en Nepal, donde existe una exclusión femenina extrema. Las imágenes acompañan testimonios de mujeres atendidas en los proyectos de MSF en estos países y de las trabajadoras locales de la organización. Entre ellas, la de Mujembai Kalenga, en el sur de Sudán donde, tras concluir dos décadas de guerra, poco ha cambiado pues la región sigue siendo un polvorín y la violencia no ha cesado. Esta mujer cuenta cómo acompañó a su sobrina Monga a dar a luz por cesárea en el hospital de MSF en Dubie. “Todos nuestros parientes murieron y ninguna tenemos marido, tuvimos que huir de casa por la guerra, ahora no tenemos nada”, lamenta. Nepal fue escenario de once años de conflicto entre la guerrilla maoísta y las tropas del gobierno. En 2006, la paz no llevó la estabilidad al sur, donde solo el 19% de las mujeres son atendidas por personal cualificado en los partos. Allí, Hosa Bhareti, de 42 años, cuenta que “la vida de una mujer es increíblemente dura”. “Ruego no tener ninguna hija en la próxima vida, no quiero que sufran tanto”. El propio fotógrafo, Corbino, cuenta que “solo vio llorar una vez a un anciana” durante su experiencia en estos países. “Me sorprendió la amabilidad que siempre me mostraron, a pesar de que sus vidas son insoportables”, dice.


Fuente: http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=6532269809974683187



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“La violencia sexual en las guerras sigue siendo un tabú”

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“No es el violador el que vive el rechazo, es a la mujer a la que se la señala con el dedo”

“En La Haya, la violación se trata como un delito de segundo rango”

“Si al mundo le importaran las violaciones, el Congo hubiera sido el lugar perfecto para demostrarlo”

“La violencia no acaba de la noche a la mañana porque alguien diga ‘se terminó la guerra’”, asegura Monika Hauser. Y la guerra desata una violencia que afecta especialmente a las mujeres.

Esto vale para la República Democrática del Congo, donde desde mediados de los años 90 se cuentan alrededor de 200.000 violaciones, y la cifra continúa al alza; para Ruanda, donde se calcula que el conflicto civil dejó un balance de entre 250.000 y 500.000 violaciones; pero también para Alemania, donde las agresiones sexuales cometidas por soldados (aliados, soviéticos o alemanes) siguen siendo uno de los capítulos por tratar de la II Guerra Mundial.

Monika Hauser (medica mondiale).

Pero empezar, empezó todo con los Balcanes. En 1992 alcanzaban Europa occidental terribles relatos de violaciones masivas en Bosnia. En aquel momento, Hauser trabajaba en un proyecto interdisciplinar que ofrecía asistencia ginecológica y psicológica a mujeres que habían pasado por diversos tipos de experiencias traumáticas. “Estaba totalmente metida en el tema. Y me indignó muchísimo el modo en el que los medios de comunicación presentaron el asunto, dando gran cantidad de detalles y dejando a las mujeres en un segundo plano. Lo importante no eran ellas, sino lo que habían hecho con ellas. Entonces decidí que tenía que ayudar”, recuerda.

Meses después, esta ginecóloga suizo-italiana fundó medica mondiale, una ONG que desarrolla proyectos de apoyo a largo plazo dirigidos a mujeres y niñas víctimas de agresiones sexuales en situaciones bélicas o de crisis.

P. ¿Definiría usted las violaciones como un arma de guerra?

R. Sí, pero no sólo. Las violaciones también se dan en tiempos de paz, y en tiempos de guerra hay que tener cuidado de no reducirlas a una mera cuestión de estrategia bélica, como si en todos los casos fueran parte de un plan esbozado por el gobierno o los cabecillas de una milicia determinada.

Diferenciar es importante: no cabe duda de que las violaciones se utilizan como una táctica más sobre el campo de batalla, pero también hay vecinos, policías, soldados que violan simplemente porque se les ofrece la oportunidad, porque llevan un arma en la mano y porque las normas sociales que podrían evitar que lo hicieran han perdido su valor.

Monika Hauser (izq.) conversa con un comandante bosnio, 1993. (Cornelia Gürtler/ medica mondiale).

P. “Entre 1993 y 2009, el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY) ha acusado a 166 hombres y a una mujer”, puede leerse en uno de sus informes. ¿Es la guerra un asunto de hombres en el que las mujeres sufren especialmente?

R. Sí. Las mujeres viven el terror de la guerra como el resto de los implicados: viven la ocupación y la destrucción de sus pueblos, de sus casas; viven la separación de sus maridos y la muerte de sus hijos. Pero, además, sufren la violencia sexual. Y son al mismo tiempo las responsables de la subsistencia de la familia.

Finalizado el conflicto, y a pesar de que suelen ser las que mayores esfuerzos realizan en la reconstrucción del país, no forman parte, por lo general, de la elite que negocia la paz, con lo cual puede decirse que padecen de manera destacada bajo unos acontecimientos dominados por hombres. Pero también es importante subrayar que las mujeres son fuertes, son actores aunque traten de relegarlas y son capaces de reunir los recursos necesarios para superar gran cantidad de obstáculos.

P. Su organización ha documentado multitud de casos en los que las mujeres víctimas de la violencia sexual son, además, condenadas a la estigmatización y a la vergüenza, y pasado el conflicto ni siquiera reciben reconocimiento político y jurídico…

R. Cierto. Todavía existen tabúes sociales y estos no afectan al violador, sino a la víctima. No es el autor de la violencia el que vive el rechazo, sino que es a la mujer a la que se la señala con el dedo, lo que supone para ella un trauma adicional. El aislamiento se torna a veces insoportable, y aquí nos encontramos con una cuota de suicidios muy alta.

Aparte, está lo que usted señala: la medicina, la Justicia, la política y también los medios, o bien instrumentalizan este tema y recurren a él cuando les conviene, o bien lo silencian y lo ignoran, como está sucediendo ahora mismo en La Haya.

P. Debe ser muy frustrante conseguir que una mujer supere todos sus miedos, dé el paso de ir hasta el TPIY, hable en público de su violación y señale al culpable, y que ese testimonio sea rechazado por algún motivo jurídico-técnico…

R. Sí, es muy amargo. Pero la cosa va más allá: no son pocas las veces en las que el fiscal llega a un trato con el acusado ofreciéndole retirar los cargos por violación. La violación cae una y otra vez víctima del proceso legal y se entiende como una especie de delito de segundo rango del que se puede prescindir.

A la hora de la verdad, muchos prefieren que les acuse de asesinato a que les acuse de violación. Yo eso lo puedo entender, lo que no entiendo es que fiscales internacionales acepten jugar a este juego.

Una mujer afgana frente al Centro de Mediación Jurídica de medica mondiale en Kabul. (Lizette Potgieter/ medica mondiale).

P. Cuando asisten a mujeres en países como Liberia o Afganistán, ¿cómo reacciona la población?

R. Depende del lugar. Pero en Afganistán, por ejemplo, hemos logrado con mucho esfuerzo cierto nivel de aceptación: a veces, son incluso la autoridad tribal del pueblo o el vecino de al lado los que aconsejan a las mujeres que nos visiten. Al mismo tiempo, Afganistán es un país en el que observamos un empeoramiento de la situación. Cada vez son más los fundamentalistas con puestos en el gobierno y en otras instituciones públicas, lo que dificulta considerablemente nuestro trabajo.

P. Y ustedes están presentes también en países como la República Democrática del Congo, en los que hay cascos azules desplazados, ¿son un apoyo?

R. Si no tienen inconveniente alguno en comprarse una niña de 13 o 14 años por 10 dólares, los cascos azules, los soldados de la OTAN y el personal masculino de las organizaciones humanitarias se convierten en parte del problema. Con eso fomentan la prostitución por motivos de pobreza, y las familias ya no mandan a sus hijas a la escuela sino a las puertas de los cuarteles.

La política de “tolerancia cero” dictaminada por Kofi Annan supuso a este respecto un cambio de mentalidad, pero sólo existe sobre el papel: en Sudán, Sierra Leona, Kosovo… estas prácticas continúan.

P. Pero, en teoría, los casos azules podrían servir de protección a las mujeres…

R. Podrían. En junio de 2008, la ONU aprobó la Resolución 1820 [PDF], que incluye la violación entre los crímenes de guerra y le otorga potestad al organismo para intervenir allí donde se den casos. Pero esta Resolución no se ha usado nunca. Y precisamente en el Congo se siguen cometiendo violaciones: si al mundo le importaran, hubiera sido el lugar perfecto para demostrarlo.

Ayudar a las mujeres a largo plazo es el objetivo de medica mondiale. En la foto, una mujer congolesa participa en un curso de alfabetización. (Cornelia Suhan/ medica mondiale).

P. ¿Por qué cree usted que no se interviene?

R. Para responder a eso hay que preguntarse primero por qué se interviene en general, y todos sabemos la decisión está relacionada con la defensa de intereses económicos.

Por otro lado, se trata de un tipo de violencia que sigue siendo un tabú: para el presidente del Congo y para nuestros políticos aquí en Europa. Hace años, por ejemplo, que le pedimos al jefe del Estado alemán y a la canciller que en las fechas conmemorativas recuerden a las mujeres que fueron violadas en Alemania por soldados aliados y soviéticos durante los últimos días de la II Guerra Mundial y después de la capitulación. La respuesta siempre ha sido negativa, ¡y eso en un país desarrollado que asegura colocar la defensa de los derechos humanos por encima de todo!

P. Algunas de las historias que se narran en sus informes son espeluznantes, ¿cómo hace para mantener el equilibro en medio de tanto horror?

R. Es algo que te enseñan los años. Al principio cometes muchos errores. Yo llegué a sufrir un colapso bastante grave y aprendí de una manera muy dolorosa a cuidar de mí misma. Practico hobbies- salgo a correr, toco el saxofón, hago cosas con mi hijo- y no porque sí, sino siendo muy consciente de que son un contrapeso al peso de la violencia, que sin lugar a dudas influye sobre mí.

Defender los derechos de la mujer

“La violencia contra las mujeres me interesó desde siempre. Ya con 12 o 13 años escuchaba las historias que contaba mi abuela surtirolesa y pronto me quedó claro que la violencia forma parte con frecuencia del día a día de las mujeres. Por eso decidí hacerme ginecóloga: no sólo por motivos médicos, sino también para contribuir a defender los derechos de la mujer”, cuenta Monika Hauser [PDF].

Desde su fundación en 1993, medica mondiale ha ido extendiendo su actividad. Hoy está presente en Afganistán [PDF], Israel, Liberia [PDF], Ruanda y la República Democrática del Congo [PDF], además de en Albania, Kosovo y Bosnia. Algunos de sus proyectos se han convertido con el paso del tiempo en entidades independientes, y los hay, como Medica Zenica, el programa original bosnio, que se encuentran en peligro por falta de financiación.

“Durante mi formación y al poco de empezar a trabajar como médica, volví a verme confrontada con el tema de la violencia y ya entonces pude comprobar lo agradecidas que responden las mujeres cuando les ofreces un lugar en el que poder hablar de sus traumas”, dice Hauser. Medica mondiale otorga asistencia sanitaria, psico-social y jurídica a mujeres [PDF], especialmente a aquellas que han sido víctimas de agresiones sexuales, allí donde más sufren y menos posibilidades encuentran de recibir ayuda: en situaciones de guerra o crisis. Paralelamente, la organización trata de concienciar a la opinión pública internacional sobre estos destinos y de cambiar las estructuras que los hacen posibles.

“Apoyar a las mujeres y ayudarlas a que retomen las riendas de su vida es una parte de nuestro trabajo. La otra consiste en luchar contra la jerarquía masculina. Ambas cosas van unidas porque, sin lo segundo, tampoco se daría lo primero”, sostiene Hauser.

Entrega del Premio Nobel Alternativo en Estocolmo, 2008. (Cornelia Suhan/ medica mondiale).

En 1996, el gobierno alemán le concedió a Monika Hauser la Medalla Federal al Mérito, pero ésta la rechazó en señal de protesta ante la decisión de Berlín de iniciar la repatriación de los refugiados bosnios que habían buscado cobijo, huyendo del conflicto en los Balcanes, sobre suelo germano. En 2008, la ginecóloga se encontró entre las ganadoras del Premio Nobel Alternativo, y esta vez sí que acudió a recibir el galardón.