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En estos días se está hablando y mucho de una nueva forma de violencia infantil: la que procede de los menores hacia sus propios progenitores, convirtiendo la vida de estos últimos en un verdadero infierno.
No hay un perfil unitario de niño maltratador, de hecho, pueden encontrarse en cualquier ámbito social, económico o cultural. Sin embargo, suele ser más frecuente en familias con un nivel socioeconómico medio o alto, y en hogares divididos donde los hijos sufren las consecuencias de una ruptura sentimental, por lo general, mal llevada por los progenitores.
Se trata de niños malcriados, rebeldes, insatisfechos, disconformes con todo, que desde muy temprana edad tratan de imponer sus criterios y lograr todo aquello que desean. Para ello insultan, amenazan, incluso agreden, siembran el miedo en el hogar y debilitan la autoridad de los padres.
Se creen los dueños de la casa, discuten continuamente con sus padres, a quienes tratan como personas molestas que les coartan su libertad. Poseen baja tolerancia a la frustración, es decir, se enfadan y enojan ante el más mínimo deseo insatisfecho o propósito no alcanzado.
Los niños, patologías mentales aparte, se convierten en maltratadores a través de un proceso paulatino. Comienza desde que son pequeños y no se les corrigen determinadas formas de actuar, como pedir algo a gritos y con insistencia, cuando montan una perreta si se les niega algo o cuando no cumplen con sus obligaciones más básicas (cómo lavarse los dientes, ducharse, hacer los deberes, etc.). Si de este modo consiguen su objetivo, los padres estaremos permitiendo que nuestros hijos se conviertan en tiranos.
Para encontrar las causas de esta tiranía infantil, creo que debiéramos considerar varios aspectos substanciales:
1º. Una sociedad excesivamente permisiva que educa a los niños en sus derechos pero no en sus deberes, donde ha calado de forma equívoca el lema “no poner límites”, abortando una correcta maduración. Para no “traumatizarlos” se les permite y ofrece todo aquello que se dice no tuvieron sus padres o abuelos.
Es obvio que se ha pasado de una educación de respeto, casi miedo al padre, al profesor o al policía, a una falta de límites, donde algunos jóvenes quieren imponer su ley de la exigencia.
Igualmente parece existir una crisis de responsabilidad en la sociedad, una falta de compromiso. Hemos pasado de la moral del sacrificio y la renuncia, al hedonismo. Todo se quiere alcanzar sin esfuerzo.
2º. Unos medios de comunicación, primordialmente la televisión, en los que la continua cascada de actos violentos difuminan la gravedad de los hechos. Nada tienen que ver los tiros del “séptimo de caballería” contra los indios (o viceversa), que nosotros veíamos, con la brutal carnicería que se ofrece hoy a los ojos de nuestros hijos.
La televisión es utilizada por muchos padres como “canguro” y el golpeo catódico continuado invita ocasionalmente a la violencia gratuita y en general adopta una posición amoral al no definir lo que socialmente es adecuado de lo inaceptable.
Sobre esto último debemos tener en cuenta que, dado que nos rodea un alto grado de zafiedad y mal gusto, no toda la responsabilidad sobre estos contenidos “inadecuados” debe recaer directamente en los medios de comunicación, ya que lo que ocurre realmente es que hay una “moda de la inmoralidad”, de la que somos responsables todo el conjunto de la sociedad (está claro que sin “demanda” de estos programas basura, no habría oferta).
3º. El gran cambio que se ha producido en la forma de vida. Los niños pasan mucho, demasiado tiempo solos. No viven a su ritmo. Lo bueno parece ser hacer todo cada vez más deprisa: vivimos a las órdenes del reloj. No hay tiempo para escuchar, contar cuentos, o jugar con los hijos; estamos demasiado cansados para eso, pero no para irnos a jugar al pádel o para salir de copas con los amigos.
4º.Una estructura familiar que se ha modificado. Las familias actuales tenemos uno o dos hijos, a los que no les pueden faltar las playeras o el pullover de “marca”. A su vez, estas familias “nucleares” tienen muy poco o nulo contacto con otros miembros familiares. Se aprecia mucha desestructuración de parejas de adultos, que revierten negativamente en los hijos. En las familias en que ha habido una quiebra, y que se vuelven a recomponer, se acaba cediendo y consintiendo en muchas situaciones para evitar conflictos.
5º. Las diferencias educativas entre:
a) Los padres, porque los modelos y referentes son muy distintos de unas casas a otras. Existen diversos tipos de familias y, sobre todo, se aprecia mucha soledad, sobreprotección, se dan los dos extremos: los “niños-llave” (que llevan su llave colgada en el cuello y pasan muchas horas aislados viendo televisión) y los niños a los que se les acompaña en todo. Y
b) Los padres y profesores. Normalmente el maestro sí controla a los niños. Lo que la madre no consigue con los más pequeños la maestra lo soluciona sin problemas: recoger los juguetes, que se pongan el abrigo. En esta relación, en ocasiones hay desconfianza recíproca y socialmente no se reconoce suficientemente a la escuela.
6º. Que algunos padres no ejercen su labor. Han dejado en gran medida de inculcar lo que es y lo que debe ser. No tienen criterios educativos, intentan compensar la falta de tiempo y dedicación a los hijos, tratándolos con excesiva permisividad.
Los padres quieren democratizar su relación con sus descendientes adoptando estas posiciones protectoras, pero añorando las relaciones de autoridad que facilitaban que las normas se cumplieran.
Son los “padres colegas”, acertadamente así denominados por el Magistrado de Menores y experto en la materia D. Emilio Calatayud. Consiguen sólo a veces lo deseado, sin imponer autoridad, mediante el “chantaje emocional”.
Padres que parecen tener miedo a madurar, a asumir su papel. Nos enfrentamos a un grave problema educativo, para cuya solución se requiere en primer lugar que los padres aprendamos a serlo.
Es nuestra labor hablar con nuestros hijos, escucharlos y preocuparnos por ellos, conocer con quién y dónde andan. Hay padres que no sólo no se hacen respetar, sino que menoscaban la autoridad de los maestros, de la policía o de otros ciudadanos cuando, en defensa de la convivencia, reprenden a sus descendientes.
Los niños pueden no ser inofensivos, pero sí inocentes. Su culpabilidad, su responsabilidad ha de ser compartida por quienes los educamos o mal educamos, los que olvidamos darles las instrucciones de uso para manejar la vida y no les indicamos cómo respetarse a sí mismos y a los demás.
Artículo extraído de http://www.teldeactualidad.com/noticias_secciones.php?seccion=opinion&id=1551
No hay un perfil unitario de niño maltratador, de hecho, pueden encontrarse en cualquier ámbito social, económico o cultural. Sin embargo, suele ser más frecuente en familias con un nivel socioeconómico medio o alto, y en hogares divididos donde los hijos sufren las consecuencias de una ruptura sentimental, por lo general, mal llevada por los progenitores.
Se trata de niños malcriados, rebeldes, insatisfechos, disconformes con todo, que desde muy temprana edad tratan de imponer sus criterios y lograr todo aquello que desean. Para ello insultan, amenazan, incluso agreden, siembran el miedo en el hogar y debilitan la autoridad de los padres.
Se creen los dueños de la casa, discuten continuamente con sus padres, a quienes tratan como personas molestas que les coartan su libertad. Poseen baja tolerancia a la frustración, es decir, se enfadan y enojan ante el más mínimo deseo insatisfecho o propósito no alcanzado.
Los niños, patologías mentales aparte, se convierten en maltratadores a través de un proceso paulatino. Comienza desde que son pequeños y no se les corrigen determinadas formas de actuar, como pedir algo a gritos y con insistencia, cuando montan una perreta si se les niega algo o cuando no cumplen con sus obligaciones más básicas (cómo lavarse los dientes, ducharse, hacer los deberes, etc.). Si de este modo consiguen su objetivo, los padres estaremos permitiendo que nuestros hijos se conviertan en tiranos.
Para encontrar las causas de esta tiranía infantil, creo que debiéramos considerar varios aspectos substanciales:
1º. Una sociedad excesivamente permisiva que educa a los niños en sus derechos pero no en sus deberes, donde ha calado de forma equívoca el lema “no poner límites”, abortando una correcta maduración. Para no “traumatizarlos” se les permite y ofrece todo aquello que se dice no tuvieron sus padres o abuelos.
Es obvio que se ha pasado de una educación de respeto, casi miedo al padre, al profesor o al policía, a una falta de límites, donde algunos jóvenes quieren imponer su ley de la exigencia.
Igualmente parece existir una crisis de responsabilidad en la sociedad, una falta de compromiso. Hemos pasado de la moral del sacrificio y la renuncia, al hedonismo. Todo se quiere alcanzar sin esfuerzo.
2º. Unos medios de comunicación, primordialmente la televisión, en los que la continua cascada de actos violentos difuminan la gravedad de los hechos. Nada tienen que ver los tiros del “séptimo de caballería” contra los indios (o viceversa), que nosotros veíamos, con la brutal carnicería que se ofrece hoy a los ojos de nuestros hijos.
La televisión es utilizada por muchos padres como “canguro” y el golpeo catódico continuado invita ocasionalmente a la violencia gratuita y en general adopta una posición amoral al no definir lo que socialmente es adecuado de lo inaceptable.
Sobre esto último debemos tener en cuenta que, dado que nos rodea un alto grado de zafiedad y mal gusto, no toda la responsabilidad sobre estos contenidos “inadecuados” debe recaer directamente en los medios de comunicación, ya que lo que ocurre realmente es que hay una “moda de la inmoralidad”, de la que somos responsables todo el conjunto de la sociedad (está claro que sin “demanda” de estos programas basura, no habría oferta).
3º. El gran cambio que se ha producido en la forma de vida. Los niños pasan mucho, demasiado tiempo solos. No viven a su ritmo. Lo bueno parece ser hacer todo cada vez más deprisa: vivimos a las órdenes del reloj. No hay tiempo para escuchar, contar cuentos, o jugar con los hijos; estamos demasiado cansados para eso, pero no para irnos a jugar al pádel o para salir de copas con los amigos.
4º.Una estructura familiar que se ha modificado. Las familias actuales tenemos uno o dos hijos, a los que no les pueden faltar las playeras o el pullover de “marca”. A su vez, estas familias “nucleares” tienen muy poco o nulo contacto con otros miembros familiares. Se aprecia mucha desestructuración de parejas de adultos, que revierten negativamente en los hijos. En las familias en que ha habido una quiebra, y que se vuelven a recomponer, se acaba cediendo y consintiendo en muchas situaciones para evitar conflictos.
5º. Las diferencias educativas entre:
a) Los padres, porque los modelos y referentes son muy distintos de unas casas a otras. Existen diversos tipos de familias y, sobre todo, se aprecia mucha soledad, sobreprotección, se dan los dos extremos: los “niños-llave” (que llevan su llave colgada en el cuello y pasan muchas horas aislados viendo televisión) y los niños a los que se les acompaña en todo. Y
b) Los padres y profesores. Normalmente el maestro sí controla a los niños. Lo que la madre no consigue con los más pequeños la maestra lo soluciona sin problemas: recoger los juguetes, que se pongan el abrigo. En esta relación, en ocasiones hay desconfianza recíproca y socialmente no se reconoce suficientemente a la escuela.
6º. Que algunos padres no ejercen su labor. Han dejado en gran medida de inculcar lo que es y lo que debe ser. No tienen criterios educativos, intentan compensar la falta de tiempo y dedicación a los hijos, tratándolos con excesiva permisividad.
Los padres quieren democratizar su relación con sus descendientes adoptando estas posiciones protectoras, pero añorando las relaciones de autoridad que facilitaban que las normas se cumplieran.
Son los “padres colegas”, acertadamente así denominados por el Magistrado de Menores y experto en la materia D. Emilio Calatayud. Consiguen sólo a veces lo deseado, sin imponer autoridad, mediante el “chantaje emocional”.
Padres que parecen tener miedo a madurar, a asumir su papel. Nos enfrentamos a un grave problema educativo, para cuya solución se requiere en primer lugar que los padres aprendamos a serlo.
Es nuestra labor hablar con nuestros hijos, escucharlos y preocuparnos por ellos, conocer con quién y dónde andan. Hay padres que no sólo no se hacen respetar, sino que menoscaban la autoridad de los maestros, de la policía o de otros ciudadanos cuando, en defensa de la convivencia, reprenden a sus descendientes.
Los niños pueden no ser inofensivos, pero sí inocentes. Su culpabilidad, su responsabilidad ha de ser compartida por quienes los educamos o mal educamos, los que olvidamos darles las instrucciones de uso para manejar la vida y no les indicamos cómo respetarse a sí mismos y a los demás.
Artículo extraído de http://www.teldeactualidad.com/noticias_secciones.php?seccion=opinion&id=1551
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