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Abordar la problemática de la violencia social y escolar, y en este caso específico el bullying: esa violencia entre iguales o pares que ha sido definida como “un proceso de abuso e intimidación sistemática por parte de un menor hacia otro que no tiene posibilidad de defenderse”, nos conlleva a reflexionar sobre el papel de la institución familiar en este fenómeno que cada vez adquiere mayor relevancia social.
La primera pregunta que surge es: ¿hasta dónde la familia es responsable de generar y perpetuar la violencia que se observa en el fenómeno bullying? Sabemos que tratar de comprender la participación del factor familiar en el acoso escolar o bullying, definitivamente esto nos ubica ante un elemento de gran relevancia, quizá el de mayor participación inmediata en la producción del fenómeno bullying.
La buena noticia es que así como la familia participa fuertemente en generar esta problemática, es esta misma institución social la que permite su prevención, así como la detección y disminución de la misma.
De tal manera que encontramos que en la familia está uno de los principales factores productores del bullying, y simultáneamente, una respuesta posible para la erradicación de un fenómeno social tan complejo como éste, lo que nos permite afirmar que la familia es parte crucial del problema, y a la vez parte forzosa para su solución.
Se han mencionado una serie de variables familiares que están relacionadas con la conducta violenta que quisiera referir aquí:
(a) carencia de afecto, apoyo e implicación por parte de los padres,
(b) permisividad y tolerancia de la conducta agresiva del hijo,
(c) una disciplina inconsistente, inefectiva y demasiado laxa o demasiado severa,
(d) un estilo parental autoritario y uso excesivo del castigo,
(e) problemas de comunicación familiar,
(f) conflictos frecuentes entre cónyuges,
(g) la utilización de la violencia en el hogar para resolver los conflictos familiares,
(h) problemas psicológicos y conductuales en los padres,
(i) rechazo parental y hostilidad hacia el hijo,
(j) falta de control o control inconsistente de la conducta de los hijos, y
(k) las interacciones agresivas entre hermanos.
Estos factores mencionados se conjuntan de manera dinámica y van estructurando un modelo de interrelación humana al interior del grupo familiar, y como podemos observar, al interactuar estos factores donde los padres no logran establecer una relación afectiva cálida y segura, así como tampoco logran enseñar a los hijos a respetar límites, oscilando la disciplina parental de un exceso de permisividad al uso de métodos coercitivos violentos, incluyendo el castigo físico, todo ello va contribuyendo en esta dinámica para crear un modelo de dominio-sumisión, en donde la voluntad es impuesta a través de la violencia; este modelo es, inevitablemente, interiorizado desde temprana edad por los futuros agresores que a su vez son víctimas.
Un niño violento encarna este modelo de dominio-sumisión que le otorga las dos caras de la moneda: agresor y víctima; su comportamiento oscila en un vaivén, donde en ocasiones es dominante y en otras sumiso, la constante activación y reactivación de este modelo relacional permite la reproducción de la violencia en todas sus dimensiones.
Tenemos así una familia autoritaria que fracasa en el establecimiento de una disciplina efectiva, utiliza métodos violentos para lograrla de manera fallida, y se encuentra inmersa en un contexto social que la excluye, ya que por lo general está aislada del apoyo que pueden ofrecer parientes, vecinos, amigos y otras organizaciones, lo que la vuelve más vulnerable para que la violencia continúe de generación en generación.
¿Cómo puede la familia prevenir la reproducción de la violencia como sistema de vida? Aunque la respuesta no es simple, podemos decir que la familia requiere retomar su función básica que es la de protección y promoción del desarrollo de sus integrantes. En la literatura sobre el tema destacan un conjunto de tareas que la familia puede realizar para mejorar la comunicación familiar y prevenir los conflictos, así como los problemas de conducta de los hijos, quisiera comentar algunos de ellos.
La familia necesita recordar uno de sus principios elementales que es el establecimiento de vínculos afectivos basados en la confianza mutua y la seguridad de un entorno protector. Este tipo de vínculos permite la creación de un modelo de relaciones basadas en la comprensión y el desarrollo de la empatía, es decir, un modelo de confianza-empatía.
“No hay necesidad de apagar la luz del prójimo para que la nuestra pueda brillar” reza un proverbio antibullying, y este puede ser un principio ético de respeto y motivación que el niño requiere aprender en el seno familiar. En ocasiones se despierta un sentido de competencia que los menores demuestran tratando de obtener mejores calificaciones escolares, destacando en las relaciones sociales o en el deporte, sin embargo, deben aprender que no es necesario humillar y violentar al otro para poder obtener reconocimiento social.
La familia necesita promover y desarrollar habilidades sociales que permitan a sus integrantes socializar, tener amistades, llevarse bien con adultos como con otros de su misma edad; un niño que socializa adecuadamente no requiere ser controlador o “mandón” y tratar de dirigir, por la fuerza, a otros niños, ya que esto suele generar rechazo; además, para que un niño sea aceptado por sus iguales, necesita ser simpático, es decir, establecer relaciones interpersonales basadas en el elogio, la atención y la aceptación mutua.
Esto implica aprender a “no robar cámara” usando la fuerza, lo que significa satisfacer la necesidad de protagonismo en situaciones sociales sin recurrir a la violencia; y en el extremo contrario, los niños tímidos que pasan desapercibidos requieren del apoyo de la familia para desarrollar habilidades sociales que les permitan interactuar e integrarse a los grupos de pares.
La socialización es un aspecto fundamental para contrarrestar la violencia, especialmente durante la adolescencia es necesario que el joven se integre a diversos grupos que le permitan desarrollar una identidad positiva, es decir, una identidad libre de violencia y los riesgos que ello implica, como son las actitudes intolerantes, racistas, sexistas, xenófobas y antisociales.
Las familias necesitan adecuarse a los cambios sociales y culturales; se requieren programas de intervención que permitan desarrollar habilidades sociales y emocionales al interior de los grupos familiares, especialmente de aquéllos que han sido excluidos y que reproducen dentro de esta marginación, una dinámica de violencia con efectos intergeneracionales.
Artículo de Arturo Delgado Santos, http://www.elporvenir.com.mx/notas.asp?nota_id=215898
La primera pregunta que surge es: ¿hasta dónde la familia es responsable de generar y perpetuar la violencia que se observa en el fenómeno bullying? Sabemos que tratar de comprender la participación del factor familiar en el acoso escolar o bullying, definitivamente esto nos ubica ante un elemento de gran relevancia, quizá el de mayor participación inmediata en la producción del fenómeno bullying.
La buena noticia es que así como la familia participa fuertemente en generar esta problemática, es esta misma institución social la que permite su prevención, así como la detección y disminución de la misma.
De tal manera que encontramos que en la familia está uno de los principales factores productores del bullying, y simultáneamente, una respuesta posible para la erradicación de un fenómeno social tan complejo como éste, lo que nos permite afirmar que la familia es parte crucial del problema, y a la vez parte forzosa para su solución.
Se han mencionado una serie de variables familiares que están relacionadas con la conducta violenta que quisiera referir aquí:
(a) carencia de afecto, apoyo e implicación por parte de los padres,
(b) permisividad y tolerancia de la conducta agresiva del hijo,
(c) una disciplina inconsistente, inefectiva y demasiado laxa o demasiado severa,
(d) un estilo parental autoritario y uso excesivo del castigo,
(e) problemas de comunicación familiar,
(f) conflictos frecuentes entre cónyuges,
(g) la utilización de la violencia en el hogar para resolver los conflictos familiares,
(h) problemas psicológicos y conductuales en los padres,
(i) rechazo parental y hostilidad hacia el hijo,
(j) falta de control o control inconsistente de la conducta de los hijos, y
(k) las interacciones agresivas entre hermanos.
Estos factores mencionados se conjuntan de manera dinámica y van estructurando un modelo de interrelación humana al interior del grupo familiar, y como podemos observar, al interactuar estos factores donde los padres no logran establecer una relación afectiva cálida y segura, así como tampoco logran enseñar a los hijos a respetar límites, oscilando la disciplina parental de un exceso de permisividad al uso de métodos coercitivos violentos, incluyendo el castigo físico, todo ello va contribuyendo en esta dinámica para crear un modelo de dominio-sumisión, en donde la voluntad es impuesta a través de la violencia; este modelo es, inevitablemente, interiorizado desde temprana edad por los futuros agresores que a su vez son víctimas.
Un niño violento encarna este modelo de dominio-sumisión que le otorga las dos caras de la moneda: agresor y víctima; su comportamiento oscila en un vaivén, donde en ocasiones es dominante y en otras sumiso, la constante activación y reactivación de este modelo relacional permite la reproducción de la violencia en todas sus dimensiones.
Tenemos así una familia autoritaria que fracasa en el establecimiento de una disciplina efectiva, utiliza métodos violentos para lograrla de manera fallida, y se encuentra inmersa en un contexto social que la excluye, ya que por lo general está aislada del apoyo que pueden ofrecer parientes, vecinos, amigos y otras organizaciones, lo que la vuelve más vulnerable para que la violencia continúe de generación en generación.
¿Cómo puede la familia prevenir la reproducción de la violencia como sistema de vida? Aunque la respuesta no es simple, podemos decir que la familia requiere retomar su función básica que es la de protección y promoción del desarrollo de sus integrantes. En la literatura sobre el tema destacan un conjunto de tareas que la familia puede realizar para mejorar la comunicación familiar y prevenir los conflictos, así como los problemas de conducta de los hijos, quisiera comentar algunos de ellos.
La familia necesita recordar uno de sus principios elementales que es el establecimiento de vínculos afectivos basados en la confianza mutua y la seguridad de un entorno protector. Este tipo de vínculos permite la creación de un modelo de relaciones basadas en la comprensión y el desarrollo de la empatía, es decir, un modelo de confianza-empatía.
“No hay necesidad de apagar la luz del prójimo para que la nuestra pueda brillar” reza un proverbio antibullying, y este puede ser un principio ético de respeto y motivación que el niño requiere aprender en el seno familiar. En ocasiones se despierta un sentido de competencia que los menores demuestran tratando de obtener mejores calificaciones escolares, destacando en las relaciones sociales o en el deporte, sin embargo, deben aprender que no es necesario humillar y violentar al otro para poder obtener reconocimiento social.
La familia necesita promover y desarrollar habilidades sociales que permitan a sus integrantes socializar, tener amistades, llevarse bien con adultos como con otros de su misma edad; un niño que socializa adecuadamente no requiere ser controlador o “mandón” y tratar de dirigir, por la fuerza, a otros niños, ya que esto suele generar rechazo; además, para que un niño sea aceptado por sus iguales, necesita ser simpático, es decir, establecer relaciones interpersonales basadas en el elogio, la atención y la aceptación mutua.
Esto implica aprender a “no robar cámara” usando la fuerza, lo que significa satisfacer la necesidad de protagonismo en situaciones sociales sin recurrir a la violencia; y en el extremo contrario, los niños tímidos que pasan desapercibidos requieren del apoyo de la familia para desarrollar habilidades sociales que les permitan interactuar e integrarse a los grupos de pares.
La socialización es un aspecto fundamental para contrarrestar la violencia, especialmente durante la adolescencia es necesario que el joven se integre a diversos grupos que le permitan desarrollar una identidad positiva, es decir, una identidad libre de violencia y los riesgos que ello implica, como son las actitudes intolerantes, racistas, sexistas, xenófobas y antisociales.
Las familias necesitan adecuarse a los cambios sociales y culturales; se requieren programas de intervención que permitan desarrollar habilidades sociales y emocionales al interior de los grupos familiares, especialmente de aquéllos que han sido excluidos y que reproducen dentro de esta marginación, una dinámica de violencia con efectos intergeneracionales.
Artículo de Arturo Delgado Santos, http://www.elporvenir.com.mx/notas.asp?nota_id=215898
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