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- Casi la mitad de las egipcias declara sufrir agresiones sexuales a diario
- Se culpa a la manera de vestir de las víctimas, pero el 72% usaba ‘hiyab’
Ricard González El Cairo 6 ENE 2013 - 20:52 CET
Dalia
Youssef nunca sale de casa sin sus auriculares. Y no es solo porque a
esta joven cantante y compositora amateur le apasione la música,
sino porque los utiliza como escudo protector ante una de las más
extendidas epidemias que padece Egipto: el acoso sexual. "Antes
me costaba salir a la calle. Me agobiaba y deprimía escuchar cada
día los comentarios soeces que me lanzaban desconocidos. Ahora, con
los cascos, ya ni me entero", comenta en un popular café de El
Cairo.
El acoso
sexual suele suceder a plena luz del día y, aunque parezca ilógico,
los lugares de mayor riesgo son los más concurridos, como las
manifestaciones. Recientemente, una corresponsal de la cadena
France24 tuvo que ser rescatada de una turba que se abalanzó sobre
ella tras un directo desde la plaza Tahrir. Un momento especialmente
peligroso es el fin del aid el adha, la fiesta del cordero. En la de
este año, varias asociaciones de mujeres denunciaron cientos de
actos de agresión sexual, realizados sobre todo por grupos de
adolescentes.
Según un
estudio publicado en 2010 por el Centro Egipcio por los Derechos de
las Mujeres (CEDM) y el UNFPA, un fondo de la ONU, casi la mitad de
las egipcias declara sufrir el acoso sexual de forma diaria, y hasta
un 83% lo ha experimentado alguna vez en su vida. La cifra asciende
hasta el 98% en el caso de las mujeres extranjeras que viven en la
capital egipcia. A pesar de que no existe un estudio comparativo,
numerosas mujeres que han vivido en varios países de la región
sostienen que El Cairo es la ciudad donde está lacra es más aguda.
"El
acoso puede adoptar aquí muchas formas diferentes: miradas lascivas,
piropos desagradables, silbidos, tocamientos, e incluso el
seguimiento, ya sea en coche o a pie", explica Dalia, de 22
años. "Un tipo muy característico de Egipto es el acoso
telefónico. Hay hombres que marcan números al azar, en busca de
alguna chica. Cuando dan con ella, pueden llamarla hasta 30 o 40
veces al día", añade. Ante la ineficacia del auricular
protector, ha desarrollado otras técnicas para estos casos, como la
simulación de voces masculinas, o la descarga de una aplicación de
móvil que permite bloquear las llamadas de números concretos.
Si bien el
acoso sexual no es un problema nuevo, se ha ido agravando
progresivamente durante las últimas tres décadas hasta convertirse
en una verdadera plaga. Entre los factores que se suelen apuntar para
explicar este fenómeno, figura la frustración sexual que genera una
sociedad cada vez más conservadora, mezclada con la amplia difusión
de vídeos eróticos a través de la televisión por satélite o de
Internet. Por ejemplo, en el popular satélite Hotbird existe al
menos una quincena de canales eróticos en árabe.
Asimismo, se
señala al hecho que el elevado desempleo juvenil haya retardado
sustancialmente la media de edad de matrimonio, sobre todo entre los
hombres. Sin embargo, algunos expertos discrepan de estas
explicaciones. "El verdadero motivo es la falta de respeto y
consideración hacia la mujer y sus derechos. Los acosadores no son
solo jóvenes solteros, sino también casados, maduros, e incluso
niños", asevera Rasha Hassan, una de las investigadoras que
realizó el estudio del CEDM.
"El
acoso cuenta con alto grado de aceptación social, y por lo tanto, de
impunidad. Para muchos, es una especie de demostración de hombría",
apostilla. Ante una situación de acoso, explica Rasha, la mayoría
de mujeres opta por un silencio incómodo. Pero aquellas que alzan la
voz, y reprueban al agresor su conducta, raramente encuentran el
apoyo de sus conciudadanos. Tampoco cabe esperar mayor comprensión
por parte de la policía, pues los informes señalan a los agentes
como uno de los colectivos más propensos al acoso, junto a
estudiantes o taxistas.
Una de las
más manidas justificaciones de quienes disculpan estos
comportamientos pasa por atribuir la responsabilidad a las víctimas,
sobre todo a su manera de vestir. No obstante, los datos refutan este
lugar común. En el completo estudio del CEDM, un 72% de las víctimas
usaban el hiyab o velo islámico. Ni tan siquiera las que usan el
niqab, el velo integral, se libran. De hecho, parece difícil
recurrir al argumento de la provocación cuando es muy raro ver algún
hombro desnudo en las calles de El Cairo, por no hablar de
pantorrillas...
Sin embargo,
poco a poco, la sociedad está empezando a concienciarse del
problema. "En 2006, cuando empezamos nuestro trabajo, era un
auténtico tabú. Ahora, muchas organizaciones han lanzado campañas,
y los medios de comunicación, e incluso el cine, lo han abordado.
Las actitudes están empezando a cambiar", se felicita Rasha,
que colabora como voluntaria en Harassmap, una de las múltiples
nuevas iniciativas que proporciona ayuda a las mujeres agredidas. Y
como muestra de este nuevo clima, El Cairo 678, un atrevido filme
egipcio de una mujer que, harta del acoso diario, decide tomarse la
venganza por su mano.
A pesar de
que la solución pasa por un profundo cambio cultural, más allá de
las campañas de sensibilización, es necesario también un cambio
legal. "En el código penal, no está tipificado un delito de
acoso sexual. Lo está la violación y el "asalto", pero
este ni tan siquiera está claramente definido", explica Dina
Hussein, una abogada miembro del Consejo Nacional para las Mujeres.
Tras una petición oficial del Consejo, el primer ministro, Hisham
Kandil, anunció en noviembre que el gobierno estaba preparando una
ley que establezca el acoso sexual como delito, castigándolo con
severas penas.
Parte de la
solución puede surgir también de la actitud rebelde de las chicas
de las nuevas generaciones, como Dalia. "La próxima vez que
sufra algún tocamiento, no me quedaré de brazos cruzados. Pienso
presentar una denuncia. Tenemos que luchar por nuestros derechos",
dice con una mirada que destila determinación.
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