Crecer con el agresor

Los expertos denuncian vacíos en el sistema de atención a los hijos de las mujeres maltratadas. 188.000 niños españoles sufren las secuelas de la violencia doméstica.

Su hija, de 5 años, y su hijo, un adolescente, también fueron víctimas del hombre que durante dos años la maltrató a ella. Ahora está segura de ello. Cuando pasó todo, la mujer (prefiere no dar su nombre) dice que vivía "en una nube" que le impedía darse cuenta de nada. Él nunca levantó la mano a los pequeños. Pero, poco a poco, los convirtió en cómplices y se ganó su silencio. Incluso, su aprobación. A la niña la apartó de su lado y al niño le enseñó que podía desautorizarla como hacía él.
Los dos menores sufrieron durante dos años la violencia que se respiraba en su casa y que les mantenía en continuo estado de alerta. La consigna: no hacer nada para no provocar el estallido. Imposible. Tras el silencio llegaba el terror.
Tanto la niña como el adolescente forman parte de una realidad escalofriante: críos que son víctimas de la violencia que se vive en su propia casa. Organizaciones como la ONG Save The Children o la Fundació IReS (Institut de Reinserció Social) han denunciado las carencias del sistema a la hora de atender estos menores.
Los niños suelen aparecer junto a sus madres cada vez que se hace un anuncio para concienciar a las mujeres que deben denunciar los malos tratos. Sin embargo, en la vida real no suelen llamar la atención de los servicios sociales y no son tratados como víctimas de maltrato. A veces, ni se nota su malestar: son buenos estudiantes y su comportamiento no desvela ningún trauma. Los especialistas, no obstante, advierten de que la violencia doméstica puede tener graves consecuencias en su desarrollo personal.
Montse Plaza, psicóloga de la Fundació IReS, explica que a estos menores se les considera "víctimas colaterales y se cree erróneamente que cuando la madre esté bien, ellos también lo estarán".

Efectos múltiples
Lo cierto es que, según los expertos, los efectos que puede causar en los menores una situación de violencia en el hogar son múltiples: sentimiento de culpa, desprotección, normalización de la violencia, alteración del sueño, baja autoestima y sumisión. No es todo. En el futuro pueden convertirse en víctimas de violencia o en agresores.
Las cifras son dramáticas. La comisión europea de Derechos de la Mujer e Igualdad advierte de que, en Europa, entre 5 y 10 millones de hijos han presenciado como sus padres agredían a sus madres. En España, Unicef alertaba en el 2006 de que 188.000 menores estaban expuestos a la violencia en su hogar.
Según el Institut Català de la Dona, en el 2006 se presentaron en Catalunya 20.239 denuncias por violencia machista. En la Fundació IReS se atendieron 790 mujeres. Ni los informes judiciales ni los policiales hacen referencia a los niños. Según la fundación, entre 26.000 y 30.000 menores estuvieron implicados en situaciones de violencia machista durante el 2006 en Catalunya.
Hace seis años, los responsables de IReS pusieron en marcha en Girona un servicio pionero en España llamado Mentories y empezaron a trabajar con chavales de entre 5 y 18 años. La creación de este servicio fue casi una obligación de las circunstancias: las mujeres víctimas de los malos tratos llegaban a la fundación con sus retoños y decían no saber a dónde ir y ni siquiera si los pequeños debían recibir atención. Así nació el programa. En el 2005, el Ayuntamiento de Barcelona impulsó este mismo proyecto en la ciudad.

Mal comportamiento
En el 2006, la madre de la pequeña y del adolescente se separó de su pareja. Ella supo qué hacer y a qué servicios acudir para recibir terapia. La nube, como dice ella, desapareció poco a poco. Aunque iba a una terapia para maltratadas, era evidente que algo andaba mal en casa. Su hijo empezó a menospreciarla, a ser agresivo, a sacar malas notas y a no dejarla dormir.
"Aún me siento culpable. No sabía hasta qué punto les había afectado a ellos. La pequeña nunca reía, era una niña seria y ahora es todo lo contrario", explica. Una asistente social de la escuela de su hijo la puso en contacto con la Fundación IReS y le habló de Mentories. Los tres asisten, por separado, a terapia desde hace un año. "Me han enseñado otras formas de relación con mis hijos. A veces me equivoco, pero ahora yo marco las pautas", concluye.

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