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Contra la violencia de género, la revolución masculina

Instituto Europeo Campus Stellae
Becas en Másteres en Violencia Doméstica y de Género, Maltrato al Menor, Violencia Filio-parental o Acoso Escolar. Precio final 1200€.
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Por: Octavio Salazar | 25 de noviembre de 2013



Nos educaron para ser la parte privilegiada del contrato. Para no desfallecer nunca en nuestra carrera de proveedores, de titulares legítimos del poder, de sujetos que se definen por la permanente acción. Nos insistieron en que debíamos ser fuertes, aguerridos, violentos, insaciables. Los sujetos por excelencia. Formados en el arte de la conquista y de la autoridad. Nos prepararon para ser unos diligentes padres de familia, aunque nadie nos explicó los términos del contrato sexual en el que una parte permanecía sometida e incluso humillada.

Desde pequeños, nos hurtaron la ternura de los cuidados y el aprendizaje de la empatía. Al contrario, nos empujaron a ocupar el patio del colegio, a demostrar permanentemente nuestra hombría ante nuestros pares, a pelear cuando alguien se atrevía a ponerla en duda. Y, sobre todo, nos aconsejaron huir de lo femenino, no mostrarnos como lo hacían ellas. La clave estaba en que para ser hombres debíamos aprender a no ser mujeres. Ello suponía, obviamente, la humillación y el desprecio de aquellos que no respondían a las expectativas de género y que se comportaban no como hombres sino como “nenazas”.

Nos socializaron para cumplir un determinado papel en la sociedad, que era interdependiente del ocupado tradicionalmente por las mujeres. El reparto era perfecto, aunque el equilibrio inexistente: nosotros en lo público, ellas en lo privado. Un reparto que empieza a romperse cuando, por la fuerza de la democracia y el tesón del movimiento feminista, las mujeres dan el salto a la ciudadanía y entonces el contrato se desmorona.

El siglo XX fue el que marcó el inicio de esa nueva era y el XXI debería ser el que redefiniese el pacto. Sin embargo, la realidad patriarcal continúa siendo insistente. Ante la progresiva incorporación de las mujeres al ejercicio pleno de sus derechos, una conquista que en estos tiempos de crisis corre el riesgo de paralizarse e incluso retroceder, muchos hombres han reaccionado subrayando sus fauces de patriarca.

El posmachismo, como bien explica Miguel Lorente, adquiere formas sutiles, otras no tanto, que nos demuestran que el fondo sociocultural apenas se ha removido y que son muchos los que no parecen dispuestos a perder sus privilegios. Otros hombres, sin embargo, nos encontramos entre el desconcierto y la búsqueda de una nueva identidad.

Somos hijos de un modelo que nos continuó educando para cumplir el rol clásico el macho heteronormativo pero nos hemos encontrado progresivamente con una realidad que nos demuestra que el viejo referente ya no sirve. Y sentimos que no sólo la mitad de la humanidad sufre los efectos de ese orden, sino que también nosotros mismos sufrimos las consecuencias perversas de un modelo de masculinidad que nos encarcela. Entre otras cosas, porque nos obliga a demostrar insistentemente nuestra virilidad, entendida por supuesto desde los parámetros de la razón patriarcal, y a renunciar a las dimensiones de la personalidad que más cerca están del mundo tradicionalmente ocupado por las mujeres.

Por todo ello, y sobre todo porque los datos terribles que nos demuestran como por ejemplo crece la violencia de género entre los adolescentes, es urgente que pongamos la mirada sobre la construcción de lo masculino. Es necesario no sólo que los hombres nos incorporemos de manera militante a la lucha por la igualdad, y que establezcamos redes y alianzas con las mujeres, sino que también empecemos a mirarnos críticamente en el espejo y nos propongamos la revisión de un modelo herido por tantas patologías y que, entre otras consecuencias, produce violencia, abusos de poder, injusticias, en fin, desigualdad.



Sólo desde apuesta por unas masculinidades alternativas, disidentes, que sean capaces además de ofrecer otros referentes a los chicos más jóvenes, será posible avanzar hacia un modelo de sociedad en el que al fin compartamos equilibradamente poder y cuidados, autoridad y empatía, razones y emociones. Y en el que seamos capaces de avanzar en la gestión pacífica de conflictos, en la urdimbre de relaciones afectivas basadas en la igualdad, en la superación de una concepción romántica del amor que legitima la subordinación de ellas y el heroísmo de quienes se sienten llamados incluso al uso de la violencia para restaurar el orden que ellos controlan.

Es el momento, pues, de que los hombres nos posicionemos de manera militante y pública. Convencidos de que no podemos ser demócratas sin ser feministas y de que las desigualdades de género, cuya más terrorífica consecuencia es la violencia sobre las mujeres, afectan al corazón mismo de nuestro sistema de libertades. No se trata de que nos consideremos los culpables de todos los males, ni tampoco de que nos fustiguemos de manera improductiva. Se trata de que nos convirtamos en sujetos protagonistas, de la mano de las que llevan siglos luchando por hacer que las democracias sean dignas de tal nombre, y de que empecemos por revisar el púlpito desde el que solemos mirar el mundo.

Sólo así pondremos las bases, entre todos y todas, para que las cifras de mujeres muertas empiecen a descender y para que nuestros hijos y nuestras hijas sean capaces de construir relaciones afectivas y sexuales desde la autonomía y el respeto. De no asumir este compromiso, la lucha por la igualdad seguirá amarrada por la superficialidad de los discursos y la violencia sobre las mujeres, que ahora parece correr el riesgo de abandonar la primera página y pasar de nuevo a la de sucesos, continuará siendo el más político de los terrorismos ya que es el que cuestiona la autonomía y dignidad de la mitad de la ciudadanía.

Imágenes de la serie de televisión 'Superman', de los años 90.

Fuente: El País.

La revolución de los mil millones de mujeres

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Una ONG lanza una campaña mundial contra las violaciones

Barbara Celis Londres 10 FEB 2013 - 00:02 CET


Estudiantes filipinos bailan para sumarse a la campaña 'One Billion Rising'. / D. M. SABANGAN (EFE)

Hay cifras escalofriantes y se podría dudar de su validez. Por ejemplo: ¿Es realmente cierto que una de cada tres mujeres en el mundo es violada o maltratada a lo largo de su vida? Eso significaría que mil millones de mujeres, es decir, la séptima parte de la población mundial, sufre algún tipo de abuso o vejación. ¿Imposible? Basta con echar una ojeada a las estadísticas oficiales que maneja la ONU para darse cuenta de que esta cifra es tristemente real. Primero se denunció a bombo y platillo en 2003 a través de un informe de Unifem. En 2008 volvió a ser el objetivo de una campaña titulada Unidos para acabar con la violencia contra las mujeres, lanzada por el entonces secretario general de la ONU, Kofi-Annan, en la que se denunciaba que “la violencia contra niñas y mujeres continúa perpetuándose en cada continente, país y cultura y aunque muchas sociedades la prohíben, la realidad es que a menudo es encubierta o tácitamente condonada.

Y ahora esa cifra regresa al dominio público pero esta vez como arma arrojadiza. “Una de cada tres mujeres del planeta será violada o maltratada a lo largo de su vida. Mil millones de mujeres violadas es una atrocidad. Mil millones de mujeres bailando es una revolución”. Esta es la consigna con la que la activista estadounidense Eve Ensler, que se hizo mundialmente célebre con sus Monólogos de la Vagina en los años noventa, ha lanzado la campaña One Billion Rising, con la que aspira literalmente a poner a bailar a mil millones de personas este 14 de febrero.

“No hay nada más poderoso que el baile. Es contagioso, es sexual, te libera y nadie puede controlarlo. Por eso asusta. La mayoría de las mujeres no nos vestimos como nos gustaría. No vamos con libertad a cualquier sitio a todas las horas del día porque nos da miedo que nos ataquen, nos hagan daño, nos violen. Y cuando bailemos este 14 de febrero la idea es romper esa jaula de patriarcado, de miedo, de intimidación en la que llevamos siglos metidas”. Así explicaba Ensler en Londres el pasado lunes por qué ha querido que el centro de su campaña de concienciación contra la violencia de género sea el baile, un instrumento que ha visto que funciona a la perfección en las almas heridas de cientos de mujeres en Congo, donde a través de su ONG V-Day, ha creado la Ciudad de la Alegría, un centro de acogida para mujeres víctimas de abusos sexuales. “Pero la campaña One Billion Rising no es una llamada solo a las mujeres. Nosotras no nos violamos solas. Por eso es importante que los hombres también se impliquen”.

Recién llegada de la India, donde ha sido testigo directo de la protesta espontánea que ha recorrido el país tras la muerte de una mujer violada y asesinada en un autobús a manos de cinco hombres, Ensler, de 59 años, se mostraba muy entusiasta ante la buena acogida de una campaña a la que ya se han unido 190 países, incluido España (donde hay 40 eventos previstos). Cientos de ONG, asociaciones o simplemente grupos de amigas están haciendo una llamada al activismo a través de flashmobs, convocatorias de bailes colectivos en sitios públicos —en Londres se esperan cientos de mujeres moviendo sus caderas frente al Parlamento— y cadenas humanas.

Solo en Bangladesh, 25 millones de mujeres se han unido a la convocatoria. “No es casualidad que esté encontrando tanto eco precisamente ahora. Todos los problemas están conectados: la crisis económica, el cambio climático, la pobreza. Como la violencia de género, no son problemas nacionales, trascienden las fronteras. En la India he visto por primera vez la indignación también en el rostro de muchos hombres. Es responsabilidad de toda la sociedad acabar con la violencia que sufren las mujeres. Educar es una de las claves, pero para que la sociedad cambie de actitud es fundamental actuar juntos, y que eso se vea” proclamó Ensler en Londres.

Sabe bien de lo que habla, puesto que ella misma fue víctima de los abusos sexuales perpetrados por su padre, un ejecutivo respetable, en su Estados Unidos natal, y por eso ha dedicado toda su vida profesional a concienciar al planeta de la necesidad de acabar con la violencia de género.

Y elegir, además, el 14 de febrero, día de los enamorados, no es casual. La campaña le da la vuelta a una fecha extremadamente comercial, que potencia la imagen ñoña de la mujer y obliga a pensar en lo que significa de verdad amar a tu pareja. Además, este día Ensler celebra el decimoquinto aniversario de su ONG V-Day, una de las que más ha luchado por educar contra esta plaga cuya vacuna parece aún lejos de conseguirse.

Fuente: El País.