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El fenómeno es reciente. Padres de familia sobre quienes pesan órdenes de alejamiento por maltratar a sus mujeres, se ven obligados a abandonar el hogar familiar y volver a casa de sus padres, donde se recrudece la violencia.
Ilustración
Jokin Sánchez Amiano Jorge Napal
Es una espiral de violencia que no cesa. Las órdenes de alejamiento son el pan nuestro de cada día, una dramática realidad que se visualiza desde que a comienzos del año 2000 empezaron a aplicarse para frenar los continuos maltratos en el ámbito familiar, casi siempre contra las mujeres. ¿Cuál es el resultado? Padres de familia que hacen las maletas por orden judicial y abandonan el hogar, dejando atrás un reguero de dolor, una convivencia lastrada por mil motivos. A todas luces, un fracaso personal sin paliativos. Se cierra la puerta, se abandona el hogar, pero la violencia continúa.
El drama se reedita cambiando de escenario, dando lugar a un fenómeno que va en aumento en Gipuzkoa. "Esos hombres que se van de casa tienen que vivir en algún sitio, claro está, y acuciados por esa situación, no les queda más remedio que regresar al hogar de sus padres, con quienes se ensañan y vuelven a emplear la violencia. Se ceban con ellos", resumió ayer Virginia Mayordomo, profesora de Derecho Penal de la UPV, que participó en la tercera edición de las Jornadas en Urgencias Sociales que abordan los malos tratos en los mayores y que concluyen hoy en la Universidad de Deusto en Donostia.
El nuevo fenómeno es susceptible de análisis desde varios puntos de vista. Las órdenes de alejamiento son resultado de la aplicación de tres artículos del Código Penal (el 48, 57 y 153) pero, como acostumbran a decir los juristas, el Derecho Penal, "un mal necesario", no es la panacea.
LOS HIJOS BUSCAN CULPABLES
Soluciones intermedias
Soluciones intermedias
Así, "por dar una bofetada", muchos hombres se están viendo inmersos en "un conflicto horroroso" que acaba provocando su abandono del hogar, y descargan la ira en sus padres. Ante este fenómeno, esta profesora de la UPV rehusó tomar la parte por el todo y detalló las diferentes situaciones que pueden darse. "Hay casos en los que esos hombres que acaban pegando a sus padres, efectivamente, presentan un componente muy violento y deben responder por ello. Pero en otros casos, se podrían arbitrar soluciones intermedias para evitar que se quedaran sin hogar, lo que acaba por desembocar luego en el resto. A veces, su conducta no requeriría unas medidas tan drásticas como las que se están tomando", opinó Mayordomo.
Sea como fuere, son los aitonas quienes se convierten en la diana de su ira. Sus hijos buscan culpables y descargan en ellos su frustración. La diputada de Política Social, Maite Etxaniz, confesó ayer a este periódico que no existen cifras que puedan radiografiar este fenómeno que sigue sin aflorar. "No es sencillo identificar las razones del maltrato a los mayores. Sorprendentemente, en vez de darles ternura, los mayores se convierten en víctimas del rechazo y la incomprensión. Además, el abandono físico acaba implicando la dependencia física y emocional", reveló.
ENVEJECIMIENTO DEL ENVEJECIMIENTO.
Identificar el riesgo.
No se trata de una cuestión menor, teniendo en cuenta el horizonte más cercano. Los mayores de 65 años son en estos momentos en Gipuzkoa el sector de población más atendido por los Servicios Sociales de la Diputación, en un 55%. En 20 años, el 30% de la población del territorio habrá superado los 65, y en un amplio porcentaje tendrán por encima de los 80. Es "el envejecimiento del envejecimiento".
Ante este contexto, Etxaniz lamentó que no haya fórmulas mágicas para poner freno al maltrato, pero sí lanzó unas cuantas "reflexiones personales" en las que abogó por recuperar los vínculos sociales. Identificar las situaciones de riesgo se antoja esencial. En ese sentido, la diputada adelantó la puesta en marcha de un convenio suscrito con el Colegio de Abogados y Psicólogos de Gipuzkoa para detectar estos posibles episodios entre las personas mayores y discapacitadas.
Pero qué difícil resulta dar con el origen del problema. Ya en 1996 Javier Urra, por aquel entonces defensor del Menor en la Comunidad de Madrid, puso sobre la mesa el número creciente de menores que eran denunciados por los maltratos a los que sometían a sus progenitores, casi siempre las madres. Resultaba curioso. En aquella fase incipiente del fenómeno, casi siempre era algún vecino el que se atrevía a dar el paso, según expuso ayer Mayordomo. Si lo hacía la madre, siempre era "vencida y derrotada".
El agresor era siempre un varón adolescente. Sólo una de cada diez chicas era la que maltrataba a sus padres. "Ahora la situación se ha invertido y en el 40% de los casos son mujeres las que infligen los malos tratos a sus padres", reveló la profesora de Derecho Penal de la UPV.
Pero el fenómeno sigue yendo mucho más allá, y guarda en estos tiempos una relación directa con la figura del cuidador, otrora tan valorada, denostada en la era más reciente. Su perfil ha cambiado con la incorporación de las mujeres al mercado laboral. Según datos de la coordinadora estatal de atención al mayor, "cuando no hay una formación específica del cuidador es más común que haya un maltrato".
De hecho, cada vez resulta más frecuente que muchas personas que, desprovistas de toda sensibilidad hacia un sector tan vulnerable, en una deriva que se agudiza cuando han perdido las relaciones sociales, acaben incurriendo en este tipo de prácticas tan atroces.
En Gipuzkoa no llegan a producirse episodios extremos como los que se conocen en otras latitudes, la comisión por omisión, es decir, dejar atados a ancianos en la cama, hasta que las sábanas acaban pegándose al cuerpo llagado. Un esperpento de muerte. Tampoco son habituales casos como los de aquella anciana de Catalunya que fue abandonada en plena calle por sus hijos. No los hay hasta tal extremo, "pero en Gipuzkoa el maltrato existe", recalcó Mayordomo. "Hay agresiones físicas, abusos sexuales, negligencias, casos de abandono emocional y físico".
El maltrato en Gipuzkoa quizá sea más sutil, pero hay muchas pistas que deben alertar de un posible caso de negligencia. Muchos mayores, bien al cuidado de sus familiares o de alguna figura profesionalizada, presentan cierta imagen de abandono. Sus vestimentas se muestran raídas con demasiada frecuencia. Son pistas, al igual que sus reiteradas caídas. "Hay muchas situaciones en las que estos mayores lloran, y se dice de ellos que caen en la depresión, cuando no acaba de serlo. Cuando hay visitas de los servicios sociales al domicilio, hay cuidadores que se muestran demasiado celosos mientras la angustia del mayor se adivina en su mirada". Son pistas de que algo raro ocurre.
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